La llegada del otoño viene acompañada del aire frío y del sabor dulce de un pan de muerto, una deliciosa tradición que ha pasado de generación en generación y que reúne a la familia para acompañar las reuniones con un chocolate caliente y recordar a los que ya se nos adelantaron en el camino.

El pan de muerto tiene su origen desde la época de la conquista,  donde los españoles trataron de retratar una representación de sacrificio por los nativos indígenas, la cual practicaban a una princesa  y la tomaban como ‘ofrenda  a los dioses’, le sacaban el corazón y era depositado en una cazuela con amaranto  y el practicante en forma de agradecimiento mordía el órgano aún latiendo.

Los españoles decidieron realizar su propia versión por medio de la elaboración de pan de trigo en forma de corazón decorado con azúcar pintada de sangre para simular la práctica de los indígenas.

Con el paso de los años la iglesia fue adoptando esta tradición, fue hasta la llegada de la industria panadera en México hacia el siglo XVIII  que se empezó a perfeccionar su sabor y presentación, hoy en día existen diversas versiones y sabores de este delicioso pan que hace honor a la celebración del Día de Muertos.

El pan de muerto tradicional  está decorado con azúcar y mantequilla de color blanco y es consumido así en estados como Toluca, Michoacán, Zacatecas y Querétaro. Mientras que en Puebla en lugar de azúcar es adornado con ajonjolí, en Guanajuato son decorados con flores de colores, en Oaxaca aunque pierde su forma circular se hace con pasta de  hojaldra y en lugar de forma redonda lleva consigo una silueta de rostro.

Sabores hay muchos, pero lo cierto es que representa un dulce homenaje a nuestros familiares que ya no nos acompañan, además de reunir familias en la mesa forman parte de las tradicionales ofrendas que colocamos en Día de Muertos.

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